México Cuba Estados Unidos: el trío del momento

¿Puede México sostener una política exterior soberana cuando su principal socio comercial y vecino más poderoso exige alineamiento absoluto? Esta pregunta, incómoda y persistente, cobra dimensión crítica al observar la relación entre México, Cuba y Estados Unidos, un triángulo geopolítico donde la diplomacia mexicana no solo negocia intereses, sino que camina sobre la cuerda floja de su propia identidad histórica, presionada por Washington y atada a La Habana por un legado de principios que choca con la realpolitik del siglo XXI.

Contexto histórico: la relación México Cuba Estados Unidos y la doctrina Estrada

La relación de México con Cuba se forjó en la fragua de la Revolución Cubana y la Guerra Fría. Mientras Estados Unidos decretaba un embargo total y auspiciaba la fallida invasión de Bahía de Cochinos en 1961, México, bajo la doctrina Estrada, optó por una vía singular: mantener relaciones diplomáticas ininterrumpidas con la isla.
Este no fue un acto de adhesión ideológica ciega, sino una calculada declaración de principios de política exterior basada en la autodeterminación de los pueblos y la no intervención. México se convirtió en un canal discreto, refugio para exiliados de ambos bandos y una voz crítica —aunque mesurada— dentro de la OEA frente al aislamiento impulsado por Washington.


La postura tenía costos asumidos: fricciones constantes con Estados Unidos. Sin embargo, durante décadas, ese “romanticismo revolucionario” y un antiimperialismo funcional permitieron a México proyectar una imagen de liderazgo independiente en América Latina, acumulando capital político y simbólico que compensaba, al menos en el discurso, las presiones del norte.

México Cuba Estados Unidos en el escenario geopolítico actual

El mundo bipolar que dio margen de maniobra a México desapareció. El escenario actual es más áspero y menos permisivo. Estados Unidos ha abandonado la ambigüedad: la presión para que México alinee su postura hacia Cuba ya no es solo diplomática, sino material y estratégica. Washington considera a La Habana un régimen hostil, aliado de Rusia, China y Venezuela, y una amenaza persistente en su esfera de influencia. Cualquier gesto mexicano de acercamiento es leído como una grieta en el frente hemisférico que exige cohesión.


Cuba, por su parte, atraviesa una crisis económica profunda y una creciente tensión social. Ya no es el faro ideológico de antaño. Su valor para México es hoy más simbólico que estratégico, con intereses comerciales y médicos limitados. Aun así, el gobierno mexicano ha reactivado la retórica de la hermandad y la defensa de la soberanía, visible en el apoyo energético ofrecido a la isla y en el rechazo a su exclusión de la Cumbre de las Américas de 2022.

La doble moral desnuda y los intereses reales

En este punto se revela la arquitectura real del poder. Estados Unidos exhibe una doble moral evidente: mientras mantiene un embargo asfixiante contra Cuba —condenado casi unánimemente por la comunidad internacional año tras año—, negocia sin pudor con regímenes autoritarios cuando sus intereses energéticos o geopolíticos lo requieren. El caso cubano funciona menos como principio y más como símbolo de política doméstica, especialmente en Florida, y como residuo vivo de la doctrina Monroe.Para México, el discurso de la soberanía y la no intervención también opera como arma de doble filo. Le otorga legitimidad interna y le permite diferenciarse de Washington en foros regionales, pero también es un activo negociable. México invierte capital político defendiendo a Cuba en ciertos espacios, mientras coopera estrechamente con Estados Unidos en migración, seguridad y comercio bajo el T-MEC. La autonomía se afirma en lo simbólico, mientras en lo material permanece constreñida.

Qué gana y qué pierde México entre Cuba y Estados Unidos

gana

Capital político regional al mantener una imagen de país con principios.
Una carta negociadora, pequeña pero relevante, frente a Washington.
Cohesión interna con sectores que valoran el independentismo histórico.
Un canal diplomático singular con La Habana, potencialmente útil en escenarios de transición.

pierde:

Crédito geopolítico ante Estados Unidos, con posibles repercusiones en seguridad, comercio o inversión.Consistencia discursiva cuando la retórica soberana contrasta con la dependencia económica.La oportunidad de una crítica constructiva hacia Cuba, al refugiarse en una no intervención absoluta que termina siendo silencio.

Cierre: una soberanía bajo custodia

México no ocupa una posición equidistante. Su economía está profundamente integrada a la de Estados Unidos. Su política hacia Cuba no es neutralidad, sino gestión calculada del desequilibrio. Mantiene viva una llama simbólica —la tradición diplomática más prestigiosa del país— mientras alimenta el horno material de la relación con el norte.México actúa con una mano cerrada hacia Washington, atada por la realidad económica, y la otra extendida en un saludo discreto hacia La Habana.

}No es hipocresía pura, sino pragmatismo de una potencia media atrapada en la órbita de una superpotencia. El verdadero riesgo no es elegir entre Cuba y Estados Unidos —esa elección no existe en términos reales—, sino que el costo de sostener el gesto simbólico se eleve hasta comprometer los cimientos de la relación económica.El equilibrio aún es posible, pero cada vez más precario. En el espejo cubano, México no solo observa a la isla: ve reflejados los límites de su propia independencia en el siglo XXI.

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