Gobernar con ocurrencias: el riesgo de sustituir la política pública

Gobernar con ocurrencias se ha convertido en una práctica cada vez más frecuente en la vida pública. Decisiones que deberían surgir del análisis técnico y la planeación estratégica hoy se anuncian como frases ingeniosas, promesas inmediatas o respuestas impulsivas ante la presión mediática. Cuando el discurso sustituye a la política pública, el costo no es retórico: es social, económico e institucional.

Gobernar no es improvisar. No basta con nombrar un problema para resolverlo ni con anunciar una medida para que funcione. Sin embargo, la narrativa política actual parece apostar más por el impacto del mensaje que por la solidez de las acciones.

Gobernar con ocurrencias debilita la política pública

La política pública requiere datos, diagnósticos, evaluación de riesgos y seguimiento. Nada de esto ocurre cuando se gobierna desde la intuición o la popularidad momentánea. Gobernar con ocurrencias genera políticas inconexas, cambios constantes de rumbo y una administración que reacciona más de lo que planifica.

El resultado es un aparato gubernamental confundido, incapaz de dar continuidad a proyectos de largo plazo y condenado a corregir errores que pudieron evitarse desde el diseño.

El discurso como sustituto de la acción

En la era de las redes sociales, el anuncio se volvió más importante que la ejecución. La política se presenta como espectáculo y el gobernante como narrador permanente de su propia gestión. El problema surge cuando el discurso deja de acompañar a la acción y pasa a reemplazarla.

Esta lógica convierte cada decisión en un acto de comunicación y no de solución. La política pública se diluye entre aplausos, polémicas y explicaciones que justifican lo que no se hizo o lo que salió mal.

Las consecuencias de gobernar con ocurrencias

Ninguna ocurrencia se queda en el plano simbólico. Todas terminan afectando la vida cotidiana: servicios deficientes, programas mal diseñados, presupuestos mal utilizados y problemas estructurales que se agravan.

Cuando las políticas fallan, rara vez hay autocrítica. La responsabilidad se traslada a factores externos, al pasado o a supuestos enemigos. Así, gobernar con ocurrencias no solo genera malas decisiones, también normaliza la evasión de responsabilidades.

Gobernar no es agradar, es decidir

La política pública seria no siempre es popular. Exige asumir costos, explicar decisiones complejas y trabajar con resultados que no se reflejan de inmediato. Gobernar implica responsabilidad, no aplausos constantes.

Mientras el discurso siga ocupando el lugar de la política pública, los problemas seguirán acumulándose. La pregunta no es si esta forma de gobernar es efectiva; la realidad demuestra que no lo es. La pregunta es cuánto tiempo más se seguirá aceptando.

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