Sinaloa bajo escrutinio vuelve a colocarse en el centro del debate público, no por una nueva cifra de violencia, sino por una discusión que toca fibras sensibles: el posible reforzamiento de la seguridad dentro del Congreso del Estado tras manifestaciones que han interrumpido sesiones legislativas. El tema no es menor. Involucra el uso del poder, el derecho a la protesta y la relación, cada vez más tensa, entre ciudadanía e instituciones.
En una entidad marcada por la violencia estructural y la desconfianza hacia la autoridad, cualquier decisión que implique cerrar espacios genera sospecha y resistencia social.
Sinaloa bajo escrutinio y el replanteamiento de la seguridad legislativa
Desde el Poder Legislativo se ha planteado que los actuales protocolos de seguridad resultan insuficientes. Legisladores y personal administrativo señalan riesgos reales ante la irrupción de manifestantes durante sesiones, lo que ha motivado la discusión sobre controles de acceso más estrictos, filtros de ingreso y mayor presencia de elementos de seguridad.
El argumento oficial se centra en la necesidad de garantizar la integridad física de quienes laboran en el recinto y asegurar el funcionamiento institucional. Sin embargo, el problema surge cuando estas medidas se perciben como una respuesta automática al conflicto, sin un diálogo previo con la sociedad civil.
Sinaloa bajo escrutinio: cuando la protesta incomoda al poder
Las protestas que han sacudido al Congreso no son hechos aislados ni espontáneos. Responden a un clima de inconformidad acumulada, donde amplios sectores sociales sienten que sus demandas no encuentran eco en los canales formales.
Para analistas y activistas, endurecer la seguridad equivale a criminalizar la protesta, enviando el mensaje de que incomodar al poder es sinónimo de amenaza. En un estado como Sinaloa, donde el miedo ya forma parte de la cotidianidad, este tipo de narrativas profundizan la brecha entre representantes y representados.
El contexto: inseguridad normalizada
El debate legislativo ocurre en medio de una realidad compleja. Sinaloa vive bajo una constante presión de inseguridad, presencia del crimen organizado y episodios recurrentes de violencia. En ese entorno, incluso los espacios que deberían simbolizar diálogo y democracia parecen operar bajo lógica de fortaleza.
Especialistas advierten que normalizar el blindaje institucional puede tener consecuencias a largo plazo: menos transparencia, menos rendición de cuentas y una ciudadanía cada vez más alejada de sus instituciones.
Entre proteger y aislar
El dilema no es sencillo. Nadie cuestiona la necesidad de seguridad, pero sí la forma y el propósito. La pregunta de fondo es si estas medidas buscan proteger a las personas o proteger al poder del descontento social.
Cuando las instituciones optan por cerrar filas en lugar de abrir canales de diálogo, el mensaje es claro: se gobierna desde la distancia. Y en contextos como el sinaloense, esa distancia suele convertirse en desconfianza.
Sinaloa bajo escrutinio: la decisión que marcará el rumbo
El análisis legislativo continúa y en los próximos días podrían anunciarse cambios concretos. Lo que está en juego no es solo un protocolo de seguridad, sino la relación entre el Congreso y la ciudadanía.
Sinaloa está bajo escrutinio porque el debate no trata de puertas, rejas o filtros, sino de algo más profundo:
¿la seguridad será una herramienta de protección o una nueva barrera entre el poder y la calle?







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