Mal servicio en el IMSS: cuando enfermar también es esperar

En México, hablar de mal servicio en el IMSS no es una exageración ni una consigna política: es una experiencia cotidiana para millones de personas. Enfermar no solo implica lidiar con el dolor o la incertidumbre del diagnóstico, sino también enfrentarse a largas esperas, trámites interminables y una atención que muchas veces llega tarde.
El Instituto Mexicano del Seguro Social nació con una misión clara: garantizar el derecho a la salud de los trabajadores y sus familias. En el papel, esa promesa sigue intacta. En la realidad cotidiana, sin embargo, el servicio se ha convertido en una prueba de resistencia para el paciente.
El mal servicio en el IMSS como rutina normalizada
No se trata de casos aislados ni de anécdotas exageradas. La tardanza en la atención, la falta de información clara y el trato distante se han normalizado al punto de que muchos usuarios ya no se preguntan por qué ocurre, sino cuánto más deberán soportar.
Llegar de madrugada para alcanzar ficha, pasar horas sentado con malestar evidente, escuchar respuestas mecánicas o evasivas, y salir sin soluciones concretas es una experiencia demasiado común. El tiempo del paciente parece no tener valor dentro de un sistema que opera con inercias burocráticas, no con criterios de humanidad.
Un problema estructural, no del personal médico
Es importante decirlo con claridad: esto no es una acusación contra médicos ni enfermeras. Al contrario. Muchos de ellos trabajan bajo condiciones precarias, con sobrecarga de pacientes, falta de insumos y jornadas que rozan lo inhumano. El problema es estructural.
La consecuencia es grave. Una cita retrasada no es solo una molestia administrativa; puede ser un diagnóstico tardío, una complicación evitable o una enfermedad que avanza sin control. En salud pública, el tiempo no es un detalle menor: es un factor decisivo.
Lo más preocupante es la resignación. Hemos aprendido a aceptar el mal servicio como si fuera parte inevitable del proceso. “Así es el IMSS”, se repite con cansancio, como si la ineficiencia fuera una ley natural y no una falla corregible.
Criticar esto no es atacar a la institución por deporte ni descalificar el derecho a la seguridad social. Es, precisamente, defenderlo. Exigir atención digna no es pedir privilegios; es reclamar lo mínimo que debería garantizar un Estado que cobra, administra y promete.
La salud no puede seguir tratándose como un trámite más. Detrás de cada expediente hay una persona, una familia y una urgencia real. Mientras el sistema siga pidiendo paciencia infinita a quienes ya están enfermos, algo está profundamente mal.
Y callarlo, por costumbre o miedo, solo perpetúa el problema.
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