La vida es como un viaje en tren.
Desde el momento en que nacemos, subimos a un vagón sin saber quiénes serán nuestros compañeros de viaje. Algunos se sientan a nuestro lado desde el inicio: familia, seres que nos cuidan, que nos enseñan a mirar por la ventana y descubrir el mundo.
Con el tiempo, en distintas estaciones, suben otras personas: amistades que traen risas, amores que aceleran el corazón, maestros que nos muestran caminos que no sabíamos que existían.
Pero también hay quienes bajan antes de lo que quisiéramos. Algunos se despiden con abrazos largos, otros apenas dejan una sombra en el asiento vacío. Aprendemos que no todos están destinados a viajar con nosotros hasta el final… y que está bien.
A veces el tren atraviesa paisajes hermosos y llenos de luz; otras, pasa por túneles oscuros donde parece que no hay salida. Pero tarde o temprano, la luz vuelve a entrar por la ventana.
En este viaje no hay billete de regreso, así que cada estación es única. Vale la pena reír, amar, perdonar y agradecer mientras las ruedas siguen girando. Porque lo más valioso no es llegar al destino… sino disfrutar de quienes comparten contigo el camino.
Y mientras el tren sigue su marcha, recuerda mirar por la ventana y sonreír: la vida no se repite, y tú eres el protagonista de tu propio viaje.
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