En un pequeño pueblo rodeado de cerros, el alcalde prometió construir una gran plaza.
Hablaba de estatuas, fuentes y luces… pero los días pasaban y solo levantaba muros altos alrededor de su propia casa.
Una mañana, una anciana salió con una bolsita de tela y comenzó a enterrar semillas frente al viejo kiosco.
—No florecerán, abuela —le dijeron los jóvenes—, el sol está muy fuerte y nadie regará eso.
Ella sonrió.
—El sol no me preocupa, me preocupa la costumbre de creer que nada cambia.
Pasaron semanas, y poco a poco brotaron pequeñas flores amarillas entre las grietas del pavimento.
Los vecinos comenzaron a traer cubetas de agua, los niños plantaron más semillas, y pronto la plaza volvió a llenarse de color.
El alcalde, molesto, mandó quitar las flores, pero al día siguiente la gente regresó y sembró el doble.
Y entonces comprendió algo: el poder no estaba en su cargo, sino en las manos de quienes aún creían en la vida.
Desde entonces, nadie volvió a decir que las cosas no podían cambiar, porque una anciana y sus flores recordaron a todos que la esperanza germina incluso en el suelo más seco.
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