La tarde del miércoles, un incidente público volvió a encender el debate sobre la violencia de género en México, pero esta vez con la protagonista menos esperada: la presidenta Claudia Sheinbaum.
Durante un evento en la capital, mientras ofrecía declaraciones a medios, un individuo la tocó indebidamente frente a las cámaras. El agresor fue detenido en cuestión de minutos. Sin embargo, lo que vino después fue aún más veloz: un discurso presidencial en cadena nacional que mezcló indignación genuina con una dosis inconfundible de cálculo político.
“Esto no me pasó por ser presidenta, sino por ser mujer”, declaró Sheinbaum con tono firme. Y aunque la frase resonó en redes y despertó solidaridad, también encendió la sospecha de que el gobierno había encontrado un nuevo guion para capitalizar el dolor.
Porque sí, amor propio aparte, la realidad es que en México los casos de acoso y feminicidio siguen creciendo, especialmente en los estados donde el discurso feminista se usa más como pancarta electoral que como política pública. El pueblo, ese mismo que camina por calles sin alumbrado, sin patrullas y sin justicia, se pregunta qué cambia cuando la víctima lleva una banda presidencial.
Mientras tanto, en Juan José Ríos, Guasave, y cientos de comunidades como la nuestra, las mujeres siguen esperando lo que no llega: protocolos, refugios y agentes que escuchen sin juzgar. Aquí el acoso no da rating, ni encadena micrófonos, pero sigue siendo igual de brutal.
El episodio de Sheinbaum debería unirnos contra la violencia, no dividirnos con discursos. Sin embargo, el poder tiene un talento especial para manosear no solo cuerpos, sino también causas.
Y aunque el agresor ya está tras las rejas, el país sigue sintiéndose tocado —no por la indignación, sino por la manipulación.
Quizá lo que México necesita no es una presidenta que hable de acoso, sino un gobierno que, de una vez por todas, deje de usarlo.
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