Ya lo vimos en Puntos Conectados #2: Normalizando lo anormal en Sinaloa dejó de ser una metáfora y se volvió una práctica cotidiana. La infiltración del crimen organizado en estructuras de gobierno no es un rumor lejano, sino una realidad documentada que, tras salir a la luz, fue seguida por un silencio institucional que pesa más que cualquier comunicado oficial.
Un operador ligado a Los Chapitos cobrando sueldo del Ayuntamiento de Culiacán, con acceso a radios, cámaras y drones desde dentro del sistema. No fue un error administrativo; fue una señal clara de cómo el crimen organizado ha logrado incrustarse en espacios de poder. Y, sin embargo… ¿qué pasó después? Nada. Silencio. Un silencio tan prolongado que terminó convirtiéndose en ruido blanco.
Normalizando lo anormal: cuando el miedo se vuelve costumbre
En Sinaloa nos hemos vuelto expertos en normalizar lo anormal.
Negocios que bajan la cortina a las 7 de la noche no porque no vendan, sino porque “ya sabes”.
Calles vacías en Los Mochis después de las 8, no por falta de ganas de salir, sino porque “mejor no arriesgar”.
Vecinos que escuchan balazos y al día siguiente dicen “fue cuete” o “yo no vi nada”.
Medios locales que dedican tres líneas al asesinato del día y páginas enteras a la reina de la feria.
Autoridades que detienen a un sicario con credencial oficial… y luego no hay rueda de prensa, no hay auditoría interna, no hay un “vamos a investigar quién lo metió ahí”.
Esto no es cobardía individual; es un arte colectivo de supervivencia. Mirar para otro lado se ha convertido en estrategia. Pero cada vez que lo hacemos, le damos oxígeno al monstruo.
El silencio no es neutral: es complicidad pasiva.
Cuando el miedo se vuelve costumbre
Los Mochis: vivir con lo que no se dice
En Los Mochis se siente más cerca que nunca.
Desapariciones que no se denuncian por miedo a represalias.
Taxis que evitan ciertas colonias “porque ahí no se mete nadie”.
Historias que corren en el mercado, en el camión, en los grupos de WhatsApp… pero que nadie publica ni denuncia.
Todo eso suma a un estado donde lo anormal ya no indigna: solo cansa.
Y el cansancio mata. Mata más lento que las balas, pero mata igual.
Porque mientras normalicemos el miedo, el miedo seguirá siendo normal.
Romper esto no requiere ser héroe.
Basta con dejar de mirar para otro lado.
Mandar un tip anónimo si viste algo.
Preguntar en voz alta por qué no hay explicaciones oficiales sobre Radio 13.
Compartir esta nota con quien dice “yo no me meto”.
Dejar de repetir “así es la vida aquí” como si fuera una sentencia irrevocable.
Sinaloa no está condenada a esto. Está acostumbrada.
Y lo que se acostumbra, se puede desacostumbrar.
Desde el andador, sigo conectando puntos.
Si tienes una historia, un dato o un miedo que ya no quieres callar: DM o el formulario anónimo en el blog.
Esto no es periodismo de escritorio. Es del pueblo, para el pueblo.
puntos conectados #3
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