Claudia Sheinbaum Pardo: el discurso del terror de EU

Claudia Sheinbaum Pardo habla con gesto firme y dedo en alto durante su conferencia matutina, con la bandera de México de fondo, tras las declaraciones de Estados Unidos que equiparan a los cárteles mexicanos con organizaciones terroristas.

Claudia Sheinbaum Pardo enfrentó el martes la escalada retórica más agresiva que Estados Unidos ha lanzado contra México en lo que va del sexenio. El lunes, en una ceremonia militar en el Pentágono, Stephen Miller, subjefe de Gabinete de Políticas de la Casa Blanca, equiparó jurídica y moralmente a los cárteles mexicanos con el Estado Islámico y Al Qaeda. No fue un desliz de micrófono ni una ocurrencia de cable noticioso: fue un acto protocolario, con el secretario de Guerra Pete Hegseth al lado, entregando una medalla llamada, sin ironía, «por la Defensa en la Frontera Mexicana». El mensaje de fondo era claro incluso antes de que Miller abriera la boca: México ya no es tratado como vecino problemático. Empieza a ser tratado como territorio ocupado por el enemigo.

Lo que dijo Miller y por qué importa más que otras veces

La declaración de Miller no fue una crítica más a la estrategia de seguridad mexicana. Fue algo cualitativamente distinto: afirmó que el sistema judicial, político y legal de México «no funciona» porque el territorio está controlado por organizaciones que él describió, sin matices, como terroristas. Y fue más allá al colocar a los cárteles en el mismo estatus jurídico que Al Qaeda o el Estado Islámico, con una salvedad inquietante: dijo que, a diferencia de esos grupos, los cárteles mexicanos no operan a miles de kilómetros de Estados Unidos, sino a metros de distancia.

Esa distinción —cercanía como agravante— es la pieza retórica más peligrosa del discurso. Convierte a México, por proximidad geográfica, en una amenaza de un orden distinto al que representan otros países con presencia de crimen organizado. No es descripción de un problema de seguridad compartido; es la construcción narrativa de un enemigo fronterizo.

Miller respaldó además la designación de ocho organizaciones criminales mexicanas como Organizaciones Terroristas Extranjeras, categoría que Washington ha ido ampliando durante 2026 y que no es simbólica: habilita marcos legales de persecución extraterritorial y abre la puerta, al menos en el terreno del discurso, a justificaciones de acción unilateral.

El antecedente regional no es menor: la misma semana circularon declaraciones sobre operaciones militares estadounidenses en Sudamérica, lo que sugiere que el lenguaje de «organización terrorista» dejó de ser exclusivo del narcotráfico mexicano y se ha vuelto una herramienta más amplia de la política exterior de esta administración hacia América Latina.

La respuesta de Claudia Sheinbaum Pardo: contención, no silencio

En su conferencia del martes, la presidenta evitó entrar al terreno que Miller le tendió. No debatió la caracterización de «terroristas», no respondió acusación por acusación. Su estrategia fue trasladar el marco de la discusión: de la seguridad mexicana a la responsabilidad compartida, y de la retórica de guerra a la agenda electoral estadounidense. Sostuvo que México no debe ser el elemento que defina la campaña política de Estados Unidos rumbo a los comicios de noviembre, y subrayó que Washington tiene una responsabilidad propia sin resolver: el consumo, la distribución y el lavado de dinero relacionado con el narcotráfico dentro de su propio territorio, según reportó El Universal.

Es la misma arquitectura discursiva que Claudia Sheinbaum Pardo usó en junio, cuando el hallazgo de agentes de la CIA operando sin autorización en Chihuahua provocó la crisis bilateral más seria del sexenio hasta ese momento —episodio que ya analizamos en esta columna como el momento en que la soberanía dejó de ser retórica de discurso para convertirse en política de Estado, con nota diplomática formal y reforma constitucional de por medio. La lógica se repite: no ceder terreno en el fondo, pero tampoco ofrecer el escenario de confrontación directa que la Casa Blanca parece buscar.

Lo que Claudia Sheinbaum Pardo no dijo, y por qué importa

No toda la reacción doméstica giró en torno a defender o cuestionar a la presidenta. El PAN aprovechó el episodio para presionar desde un ángulo distinto: legisladores panistas advirtieron que los señalamientos de Estados Unidos sobre infiltración del crimen organizado no se responden con descalificaciones, sino con resultados verificables, de acuerdo con Reforma. Es una crítica que no valida el discurso de Miller, pero tampoco cierra filas automáticamente con el gobierno: usa la controversia internacional como palanca de exigencia interna. Esa es, probablemente, la función más honesta que puede cumplir una oposición en este momento: no importar el marco de «enemigo interno» que propone Washington, pero sí exigir que el gobierno mexicano sostenga con cifras lo que defiende con discurso.

Lo que está en juego más allá del cruce de declaraciones

El riesgo de leer este episodio como un round más de la relación bilateral es perder de vista el patrón. Cuando un gobierno extranjero equipara a organizaciones criminales de tu país con Al Qaeda, no está describiendo un problema de seguridad pública: está construyendo el andamiaje retórico para justificar, en algún momento, una respuesta que ya no sea diplomática. La designación como Organización Terrorista Extranjera no es solo una etiqueta. Es una llave legal que, una vez girada, puede abrir puertas que ningún gobierno mexicano —de cualquier signo político— querría ver abiertas.

Frente a eso, la apuesta de Claudia Sheinbaum Pardo ha sido no darle a Washington el escenario de confrontación que parece buscar, y sostener en cambio un discurso de corresponsabilidad y resultados verificables. Es una apuesta racional. También es, cada vez más, una apuesta que depende de que el ruido no se convierta en política, y de que la contención diplomática no se lea, puertas adentro de Estados Unidos, como debilidad a explotar.

La pregunta que queda abierta no es si México puede ignorar este tipo de declaraciones —ya demostró que no las ignora, solo elige no responder en el mismo tono. La pregunta es cuánto margen le queda a la contención antes de que el discurso del terror, repetido con suficiente frecuencia y desde suficiente altura institucional, deje de ser solo discurso.


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ciroopina

Ciro es el columnista de opinión política de La Voz del Andador. Analiza el poder, la democracia y las contradicciones del México contemporáneo sin filtros ni compromisos. Publica los martes.

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