Un carpintero envejecido se preparaba para retirarse. Había trabajado muchos años construyendo casas, y aunque aún tenía manos firmes, su alma ya anhelaba el descanso. Antes de dejar su oficio, su jefe le pidió un último favor: construir una casa más.
El carpintero accedió, pero sin entusiasmo. Usó materiales comunes, no cuidó los detalles, y levantó aquella casa sin el esmero de otras veces. Quería terminar pronto.
Al finalizar la obra, su jefe se presentó, sonrió y le entregó las llaves.
—Esta es tu casa —le dijo—. Es mi regalo por todos tus años de servicio.
El carpintero se quedó sin palabras. ¡Qué tristeza sintió! Si hubiera sabido que esa casa sería para él, la habría hecho con todo el corazón… con orgullo, con pasión, como en sus mejores días.
La vida es así, querida lectora, estimado lector: cada día martillamos un clavo, colocamos una viga, echamos cimientos. Muchas veces lo hacemos sin amor, sin paciencia, sin pensar en el resultado. Pero lo que construimos —con nuestras decisiones, palabras y actos— es, en realidad, la casa en la que vamos a vivir el resto de nuestros días.
¿Y tú? ¿Cómo estás construyendo tu casa hoy?
— Frasesillas, para La Voz del Andador
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