Ilustración editorial sobre el acuerdo Trump-Irán, el Estrecho de Ormuz y el precio del petróleo en 2026
El barril de Brent pasó de 72 a más de 126 dólares durante la guerra. Con el acuerdo firmado, ya cae de regreso a los 80.

Acuerdo Trump-Irán: la paz que nadie entiende y la guerra que todos pagaron

El acuerdo Trump-Irán llegó un domingo por la tarde, firmado electrónicamente, sin ceremonia y sin que nadie pudiera leerlo. Así termina, al parecer, la guerra más cara de los últimos años para los bolsillos del mundo: con un PDF confidencial y dos países que no se ponen de acuerdo en qué fue lo que firmaron.

Trump llegó al G7 en Francia declarándose victorioso. Irán declaró que fue quien humilló a Trump. Netanyahu no declaró nada relevante porque estaba demasiado ocupado bombardeando el sur de Líbano. Y el Estrecho de Ormuz, la garganta por donde pasa el 20% del petróleo mundial, sigue «parcialmente abierto», que es la manera diplomática de decir que sigue parcialmente cerrado.

Bienvenidos a la paz del siglo XXI.

El acuerdo que tiene dos versiones y cero lectores

El sábado 13 de junio, Trump anunció en sus redes que el domingo se firmaría el acuerdo y que el Estrecho de Ormuz reabriría de inmediato. El memorando de entendimiento consta de catorce puntos que nadie fuera de ambos gobiernos ha visto completos. Lo que sí conocemos son las dos versiones que cada parte ha filtrado a la prensa, y el problema es que se contradicen de manera tan radical que cuesta creer que hablen del mismo documento.

Washington dice que Irán aceptó desmantelar su programa nuclear, retirar su material enriquecido, dejar de financiar grupos armados en la región y mantener Ormuz abierto. Teherán dice que el acuerdo no incluye el tema nuclear, que el conflicto terminó en sus términos, y que el resultado equivale a una derrota para Estados Unidos e Israel.

Repito: firmaron el mismo papel.

Lo que eso significa en términos prácticos es que el acuerdo Trump-Irán no resolvió el conflicto de fondo. Lo pospuso sesenta días. Ese es el plazo acordado para negociar los temas reales: el programa nuclear, las sanciones, la normalización del tráfico marítimo. Sesenta días para resolver lo que cuatro décadas de hostilidades no han podido cerrar. Con un equipo negociador estadounidense que los analistas europeos describen, sin mucho tacto, como inexperto en los detalles técnicos del expediente nuclear. Lo que los negociadores iraníes sí tienen es paciencia, precisión y una larga historia de convertir las mesas de negociación en campos de ventaja táctica. Llevan décadas en ese juego. Trump lleva meses.

El tercero que no firmó y que manda

Hay un actor en este conflicto que no firmó el acuerdo, no fue invitado a negociarlo y no tiene ninguna intención de respetarlo: Israel.

Benjamin Netanyahu dejó en claro el mismo lunes que el pacto se anunciaba que Israel continuará operando en Gaza, Siria y Líbano el tiempo que considere necesario. Horas antes de esa declaración, el ejército israelí había bombardeado el sur del Líbano. No como señal de desacuerdo con el acuerdo. Simplemente, porque así opera Netanyahu: hace lo que quiere y le avisa a Trump después.

Irán, previsiblemente, salió a decir que mientras Israel no se retire del Líbano, la guerra no ha terminado. Washington respondió que el acuerdo no pedía ninguna retirada israelí. Nadie se sorprendió.

El problema estructural es evidente: Trump negoció el fin de una guerra sin controlar a su aliado más comprometido en ella. Netanyahu tiene sus propios cálculos, sus propias presiones internas, sus propias amenazas existenciales que no se resuelven con un memorando firmado en Ginebra. Y mientras siga operando con total libertad en Líbano, Irán tiene un pretexto permanente para declarar roto el acuerdo en el momento que le convenga.

El petróleo y la ironía que nadie quiere calcular

Aquí viene la parte que más debería indignarnos, aunque ya casi no nos indigna nada.

El 28 de febrero, justo antes de que comenzara la ofensiva, el barril de Brent cotizaba alrededor de 72 dólares. En los meses siguientes, mientras Ormuz permanecía efectivamente bloqueado, el crudo escaló hasta superar los 126 dólares, su nivel más alto en años. Hoy, con el acuerdo firmado y los mercados descontando la reapertura, el Brent está cayendo de regreso: 83, 81, 80 dólares, y bajando.

Los mercados ya perdonaron la guerra. El problema es que la guerra no fue un episodio de pantalla. Desde marzo advertimos aquí cómo el conflicto golpeaba directamente el bolsillo del mexicano: gasolina más cara, fletes más caros, productos básicos más caros. La cadena es siempre la misma, y la mecánica de cómo un bloqueo a 14 mil kilómetros de distancia termina en tu tanque no es ningún misterio: es geografía energética aplicada a nuestra vida cotidiana.

Esos meses de crudo disparado no los absorbe ningún gobierno. No los pagan las petroleras, que en realidad se beneficiaron de cada dólar extra por barril. Los paga el consumidor de a pie, que no negoció ningún acuerdo y no tendrá ninguna ceremonia de cierre.

Subió por una guerra que no pedimos. Bajará cuando a los mercados les dé la gana. Y si el acuerdo Trump-Irán se rompe en los próximos sesenta días —que es un escenario que ningún analista serio descarta— el ciclo se repite desde un punto de partida más frágil que el de febrero.

Lo que viene

La firma en Ginebra sellará formalmente un memorando que ya acumula contradicciones antes de tener tinta seca. Dos meses de negociaciones sobre el programa nuclear iraní, con Netanyahu operando en paralelo según sus propios intereses, con Irán que nunca ha cedido en lo que considera su seguridad existencial, y con un Trump que necesita declarar victorias antes de que el calendario político en Washington le exija otra.

Ya lo vimos en abril con la primera reapertura parcial de Ormuz: los precios cayeron, los mercados festejaron, y la estabilidad duró exactamente lo que duró la tregua. Ahora el ciclo se repite a mayor escala, con un acuerdo más formal pero con las mismas fracturas de fondo sin resolver.

El acuerdo Trump-Irán puede ser el inicio de una estabilización real en Medio Oriente. O puede ser una pausa costosa que dura exactamente hasta que alguien decida que ya no le conviene.

La historia de esta región sugiere cuál de las dos es más probable.


Ciro Glez es columnista de opinión política en La Voz del Andador. Analiza el poder, sus contradicciones y sus consecuencias. Sin partido, sin patrón.


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